Relatos Iconoclastas (Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen) (6)

Viernes, 27-enero-2012

Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen

 

6

 

Allí vivían pinos y otros árboles que no conocía su nombre. Había tenido que bajar un terraplén no muy pronunciado y llevaba asida la bolsa con la urna que contenía las cenizas de mi primo Alberto recién incinerado para esparcirlas en aquel pequeño bosque desde el que se divisaba una parte de la ciudad y de la Alhambra. Era un día gris. Llovía. Iba empapado a pesar de la gabardina y del gorro de lana que cubría mi cabeza. Mi primo Agustín me acompañaba. Íbamos muertos de risa. Llorosos.

 

Mi primo Alberto toda su vida fue un embaucador. Mentiroso compulsivo. Homosexual que nunca reconoció su inclinación sexual. Seductor. Simpático. Elegante portador de prendas de vestir caras. Políglota que trabajó en la Embajada de España en París. Fabulador espectacular de poseer variadas amistades importantes dentro de nuestro país y del extranjero. Relatador empedernido de los amores ficticios que tuvo con damas inexistentes. Y que murió en una noche de invierno sin poder relatarlo.

 

Argumentó en vida mi primo Alberto, dándose importancia, que fue amigo íntimo de varios actores franceses y españoles, pero en realidad lo más que hizo fue ir al cine y allí admirarlos en la pantalla actuando en las diversas películas que fueron protagonistas. Aseguraba mi primo Alberto, que él era un político afamado de la izquierda socialista española, pero en realidad solo fue un hombre común y conservador que votó en las llamadas a las urnas. Era presumido. Y se repeinaba con brillantina.

 

Esparcí las cenizas de mi primo Alberto debajo de un pino joven y metí la urna vacía en la bolsa de plástico que me habían dado en el cementerio. Y tiré la bolsa a una papelera urbana. Sus cenizas era blancas y negras. No olían a nada. Ni siquiera desprendían un olor como el de los troncos quemados en una chimenea. Mi primo Agustín seguía riendo y me contagiaba la risa. Me recordaba algunas de las anécdotas más sabrosas del primo incinerado. Alberto, contaba que se había acostado con Marilyn Monroe en París. Y que Arthur Miller lo persiguió por los Campos Elíseos con una pistola simulada.