Artículos de ‘Relatos iconoclastas – Francisco Barajas’

Relatos Iconoclastas (Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen) (10)

Viernes, 10-febrero-2012

Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen

 

10

 

Así su mano con cierto regocijo, y ella se desmayó. Cayó al suelo pesadamente. Se le puso el rostro de un color bastante ceniciento. Estaba como desmadejada. Noté que su mano era como un pequeño colchón con dedos gruesos de escaso tamaño. Nos acababa de presentar un amigo común. Ella iba a la última moda vestida con una falda corta muy linda de flores rojas con hojas azuladas sobre fondo blanco. Llevaba también un jersey muy grueso. Sus zapatos eran de tacones enormes. Los cabellos negros los llevaba sueltos. La boca pintada con carmín naranja. Estaba muy bella. Yo solo le había comentado sonriente, que estaba encantado de conocerla. Nos asustamos bastante los presentes. Se había meado en las bragas y sus orines se esparcían por el suelo. Entonces me percaté de que era mi ex mujer rejuvenecida y con un porte muy juvenil. Y mi amigo no salía de su asombro y sudaba.

 

Llamamos a Urgencias. Y llegó una ambulancia blanca y amarilla. El médico, a bote pronto, aseguró que la desmayada presentaba un cuadro que no era grave. Que le debía de haber afectado bastante una gran sorpresa o una emoción extrema. Que respiraba bien. Que su pulso era correcto Y que su ritmo cardiaco era alto, pero sin que se le fuese a presentar una parada cardiovascular o respiratoria.

 

Todos los presentes nos sosegamos. E incluso mi amigo sonrió tímidamente. Le vamos a dar agua y después un güisqui seco, dijo el médico. No es nada grave, se lo aseguro con toda rotundidad. Y ya verán ustedes como se recupera enseguida. Yo estaba muy serio y circunspecto. Veía a mi ex mujer allí tirada con cara cenicienta y meada en las bragas. Le dimos agua y abrió los ojos con un color de vidrio y desmesuradamente abiertos. ¡Tú!, me dijo con un hilo de voz. Sí, yo, le contesté. ¡Cabrón!, ¡Hijo de puta! ¡Canalla! Que me tuve que ir con otro hombre porque tú me amabas. ¡Cabrón!, y porque te llevaste el perro. ¡Hijo de puta!, y porque me dejaste la vivienda, los muebles, los dos coches, la herencia de tus padres y todo el dinero que teníamos en los bancos y cajas de ahorros. ¡Canalla!, y porque también te llevaste muchos libros, incluidos los que tú habías escrito. ¡Eres un miserable!, chillaba mi ex mujer. Y yo me volví invisible. Y mi amigo se puso verde, y comenzó a volar por encima de todos los presentes, incluida la ambulancia, el médico y una enfermera rubia bastante bella.

Relatos Iconoclastas (Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen) (9)

Lunes, 6-febrero-2012

Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen

 

9

 

El frío era temible. Lo sabía, pero salí a la calle desabrigado porque no tenía ninguna prenda de abrigo a mano. Las había mandado todas a la tintorería porque el invierno todavía no era su tiempo de llegada. Era el final del otoño. Tenía que comprar provisiones para comer. Era inevitable salir de mi casa. Vivo a la salida norte del pueblo en una casa campesina que tiene dos chimeneas y varios radiadores eléctricos que hacen de mi casa una vivienda confortable. Pero el frío que había llegado, era feroz y mortífero. Un frío inusual para el final del otoño. Las cañerías del agua estaban heladas.

 

Un perro se había congelado junto a un árbol todavía sin deshojar. Era un perro pequeño vagabundo que le había dado de comer las sobras de mis comidas, y que muy cariñoso revoloteaba en la plaza que está junto a mi casa. Todas las plantas todavía con flores, sobre todo el rosal de rojas rosas, eran carámbanos de hielo. A la farola de porte antiguo y señorial, le caían delgados chupones helados de la caja que guardaba la bombilla industrial de bajo consumo. El naranjo se observaba muy mustio y desangelado. Los bancos de madera estaban con una capa de hielo. Y mi nariz se había entumecido.

 

Noté que el frío era mortal, pero no creí que a mí también me helaría. Aunque cuando vi a la vecina de la casa de al lado a la mía, creí que estaba como ausente porque miraba con los ojos vidriados. Y en realidad, al acercarme a ella para desearle los buenos días, noté que lo que estaba era muerta y ya totalmente congelada, aunque todavía sostenía la escoba de barrer entre sus manos. Y me asusté. Y noté que el frío era tan intenso, que su gato también estaba muerto un poco más allá y con su cola como si fuese esos polos de distintos gustos dulces que los niños degustan cuando el verano existe.

 

Empecé a sentir que me daba un sueño tremendo. Que se me cerraban los ojos. Mis manos estaban azuladas. Tenía espasmos. Tiritaba alocadamente. Las piernas se me aflojaban. El corazón se estaba ralentizando. Empecé a tener visiones entre una niebla alba de hombres y mujeres con unas extrañas escafandras naranja que venían corriendo hacia donde estaba. Las veía correr hacia mí lentamente. Todo se me estaba desvaneciendo. No podía hablar porque la boca la tenía casi cerrada y la lengua la sentía extremadamente gélida y compacta. Al frío ya no lo notaba. Vi una luz aguda. Y nada más.

Relatos Iconoclastas

Viernes, 3-febrero-2012

Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen

 

8

 

Nos lanzábamos con saña piedras pequeñas y medianas. Otras más grandes. Según la fuerza de cada uno. Ellos estaban allí y nosotros aquí. Estábamos en mitad de la calle. No había coches aparcados porque nuestro barrio era obrero y los obreros no poseían automóviles. Los niños del otro barrio allí y nosotros aquí porque eramos del barrio invadido al que habían venidos para hacer una guerra de piedras. Nos llamábamos hijos de puta. Y nos apedreábamos hasta que oscurecía. Teníamos entre 7 y 9 años. Todos íbamos al colegio religioso gratuito, y la mayoría de nuestros padres eran albañiles. Y nuestras madres algunas trabajan como sirvientas en las casa de los poderosos y muy adinerados.

 

La calle era oscura y estrecha. Solo daba el sol un corto espacio de tiempo por la mañana, y aún no estaba asfaltada. Todas las calles de este barrio obrero no estaban asfaltadas. Las viviendas sociales eran de tres alturas. La calle tenía unos árboles pequeños que habían sido plantados un poco tiempo atrás. Meadas y excrementos de perros y gatos estaban presentes en todas estas calles proletarias. Y los grandes charcos, por la mañana helados, eran como pequeñas lagunas. Mi calle era comunista. Y también casi todos sus habitantes laboraban en la construcción. Había que levantar al país bregando todos los días. El maestro en la escuela, nos decía que la guerra civil destruyó las viviendas obreras.

 

Mi padre era fontanero y electricista. Uno de los pocos trabajadores del barrio que no era albañil. Y las malas lenguas tan malas, decían que engañaba a mi madre con las mujeres de las casas a las que iba a arreglar los grifos y las cisternas. O que se acostaba con las sirvientas de las casas adineradas cuando iba a recomponer un timbre o las luces de una lámpara. Mi madre lloraba muy desconsolada cuando nadie la veía llorar. Aunque yo la escuchaba llorar mucho desde la puerta de su dormitorio. A mi padre por aquellos entonces yo lo odiaba. Quería que muriese. Que le diese una descarga de la corriente eléctrica. O que lo atropellara un automóvil cuando iba en su bicicleta al trabajo. Luego de mayor, supe que mi padre no la engañaba y que mi madre lloraba porque mi padre estaba enfermo.

 

Mi país tenía una dictadura que encarcelaba a todos los que habían luchado a favor de la república que fue vencida por el ejército que se sublevó contra ella y al mando de un general que después fue el dictador. Un dictador que ejerció dictatorial durante 40 años con muchas encarcelaciones y con muchos ejecutados por ser republicanos. Mi padre estuvo en prisión, y allí fue en donde incubó la enfermedad por la que mi madre lloraba en su dormitorio. Mi padre tenía tuberculosis. Y cada vez se agravaba más. Necesitaba un gran reposo en un hospital con muchos árboles a su alrededor, pero tenía que trabajar todos los días para sacarnos adelante. Éramos cuatro hermanos, dos chicas y dos chicos. Y a mi madre le denegaban el trabajo de sirvienta porque decían que no estaba casada, pero que vivía con un puerco y cabrón comunista al que había que fusilar para dar ejemplo de que todos los matrimonios deben de estar bendecidos por Iglesia de Dios y sus Sacramentos. Fui a mi casa con la cabeza abierta. Me dieron una pedrada los del barrio contrario. Pero no me queje. Yo era valiente.

Relatos iconoclastas (Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen) (7)

Lunes, 30-enero-2012

Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen

 

7

 

Desembarcamos en Torremolinos después de un viaje ruidoso de cuatro horas. Llegamos totalmente borrachos. Fuimos en el flamante automóvil del padre de Manuel. Íbamos también al chalé de sus padres a pasar el fin de semana. Fuimos parando en todos los bares y restaurantes que encontramos en la carretera de Granada a Málaga. Y al llegar a Torremolinos, estábamos bestialmente beodos. Bebimos demasiada naranja con wodka. El verano había llegado sumiso y el curso había terminado desagradable. Alegres apostábamos que conoceríamos muchas chicas extranjeras. Suecas o danesas.

 

Ricardo y yo hacíamos muy buenas migas. Nos entendíamos bien entre nosotros. Teníamos mucho desparpajo al hablar con las chicas. Los demás nos llamaban la “pareja de corindón”, y por lo duros que decían que éramos con las jóvenes. Duros en el sentido de ligarlas e intentar llevarlas a la cama con mimos y excelentes palabras laudatorias. Ricardo era mucho más guapo que yo. Y más rubio. Y también tenía los ojos azules. Éramos buenos deportistas bien musculados, e increíbles relatadores de aventuras inimaginables sobre el mar y la pesca submarina. Mentíamos. Y las chicas se rendían.

 

A Sonja y Anna las conocimos en un pub, “Black Diamond” se llamaba. Y ponía la música tan alta que era imposible conversar y entenderse. Gesticulábamos y reíamos. Nos dijeron que eran danesas y que llevaban una semana disfrutando del sol y de los chicos españoles. Que les gustaba mucho la paella y la tortilla española. Que hacía demasiado calor en Torremolinos. Nosotros reíamos más que hablábamos. Y que ellas no entendían como siempre les proponían irse a la cama después de un rato de conversación y unas copas que siempre ellas pagaban. Y nos dijeron, que de cama nada de nada.

 

Los fines de semana íbamos a Torremolinos varios amigos. Manuel que hablaba inglés. Enrique que estudiaba Medicina. Javier que se comportaba como si estuviera loco de remate. José María que era el más sensato y hermano de Manuel. Fernando que siempre se mostraba tan educado como un lord británico. Juan que invitaba a las chicas porque ya trabajaba y tenía mucho más dinero que todos los demás juntos. Mi compañero Ricardo que les contaba a las tías que una vez salvó de un naufragio a siete turistas franceses. Y yo que ya escribía relatos y versos en leves poemas sobre amores fallidos.

Relatos Iconoclastas (Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen) (6)

Viernes, 27-enero-2012

Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen

 

6

 

Allí vivían pinos y otros árboles que no conocía su nombre. Había tenido que bajar un terraplén no muy pronunciado y llevaba asida la bolsa con la urna que contenía las cenizas de mi primo Alberto recién incinerado para esparcirlas en aquel pequeño bosque desde el que se divisaba una parte de la ciudad y de la Alhambra. Era un día gris. Llovía. Iba empapado a pesar de la gabardina y del gorro de lana que cubría mi cabeza. Mi primo Agustín me acompañaba. Íbamos muertos de risa. Llorosos.

 

Mi primo Alberto toda su vida fue un embaucador. Mentiroso compulsivo. Homosexual que nunca reconoció su inclinación sexual. Seductor. Simpático. Elegante portador de prendas de vestir caras. Políglota que trabajó en la Embajada de España en París. Fabulador espectacular de poseer variadas amistades importantes dentro de nuestro país y del extranjero. Relatador empedernido de los amores ficticios que tuvo con damas inexistentes. Y que murió en una noche de invierno sin poder relatarlo.

 

Argumentó en vida mi primo Alberto, dándose importancia, que fue amigo íntimo de varios actores franceses y españoles, pero en realidad lo más que hizo fue ir al cine y allí admirarlos en la pantalla actuando en las diversas películas que fueron protagonistas. Aseguraba mi primo Alberto, que él era un político afamado de la izquierda socialista española, pero en realidad solo fue un hombre común y conservador que votó en las llamadas a las urnas. Era presumido. Y se repeinaba con brillantina.

 

Esparcí las cenizas de mi primo Alberto debajo de un pino joven y metí la urna vacía en la bolsa de plástico que me habían dado en el cementerio. Y tiré la bolsa a una papelera urbana. Sus cenizas era blancas y negras. No olían a nada. Ni siquiera desprendían un olor como el de los troncos quemados en una chimenea. Mi primo Agustín seguía riendo y me contagiaba la risa. Me recordaba algunas de las anécdotas más sabrosas del primo incinerado. Alberto, contaba que se había acostado con Marilyn Monroe en París. Y que Arthur Miller lo persiguió por los Campos Elíseos con una pistola simulada.

Relatos Iconoclastas (Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen) (5)

Lunes, 23-enero-2012

Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen

 

5

 

Mi amor tiene una pila de litio recargable que la hace funcionar dieciséis horas al día. Las restantes ocho horas de la jornada las tiene que pasar enchufada a la red eléctrica doméstica de mi vivienda. La acuesto en el diván para que se cargue su pila, y siga funcionando. La compré en una visita que realicé a Japón, en un establecimiento de robótica de Tokio, y en el día después de que presenté un libro mío de poemas que se había traducido al japonés. Tiene los ojos negros y un cuerpo esbelto de diosa oriental. Habla cinco idiomas. Sabe conducir un automóvil. Y copula como una bestia nipona.

 

Nunca me lleva la contraria, excepto cuando está cargando su pila. Y me da unos masajes orientales que dejan mi desgraciada espalda tan aliviada, que al instante olvido que vivir de la poesía es uno de los trabajos más duros que existen en el mercado laboral. Su pelo asiático es lacio y tan endrino que parece el de la cola de un búfalo. Posee un lunar con forma de pera junto a los labios de su sexo que la hacen irresistible a la succión y sus pechos son como rocas redondas recogidas de una de las playas de una isla remota del archipiélago nipón sin contaminación nuclear. Se llama Flor de Arroz.

 

Camina por mi casa a la vieja usanza de las geishas sin ruidos y con unos pasos cortos que la hacen inaudible al andar. Va vestida de geisha. Nunca levanta la vista del suelo, salvo si expresamente así se lo ordeno. Prepara el té de manera tan experta que he llegado a que me guste el té y lo paladee a la usanza tradicional inglesa con leche y unas pastas muy exquisitas de mantequilla que las cocina y tuesta en el horno de la cocina. Me llama mi amo. Copulo con ella entre la merienda y la cena. Y la llamo sumisa Flor de Arroz de las tres delicias de Oriente. Otras veces ella me llama mi amante fiel.

 

Me la quiso comprar un amigo por todos los medios a su alcance. Me ofreció una importante suma de dinero al contado, pero le dije que ella no tiene precio posible. Que la amaba. Que la veneraba. Y que no deseaba ser un ser solitario infeliz sin ella. Mi amigo lo entendió perfectamente. Tendrá que viajar a Japón. Flor de Arroz ha tenido un fallo esplendoroso en su pila de litio, y aunque me dijeron que tenía una vida larga. No se recarga de forma óptima. Tartamudea. Anda como las damas viejas que se tienen que apoyarse en un bastón. Y sus besos, antes ardientes, son fríos como fruta glacial.

Relatos Iconoclastas (Asesinarse a así mismo sin que parezca un crimen) (4)

Viernes, 20-enero-2012

Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen

 

4

 

 

Bailaba un bolero con una política muerta. El salón estaba repleto de políticos muertos. Ellas iban vestidas con sus mortajas elegantes. Y ellos, igualmente estaban impolutos y muy bien vestidos con sus sudarios de las firmas de la moda chic mortuoria. Yo había sido invitado al Baile Anual de los Políticos Muertos, una fiesta en la que todos los años se recogía dinero para dar dignas sepulturas a los políticos que habían muerto sin robar caudales públicos, y que no tenían fondos para su entierro.

 

La fría espalda de la política muerta tenía un tacto glacial. Y su mano era un trozo de hielo con unos dedos largos con uñas bien pintadas de esmalte negro. Manos cuidadas. Y llevaba en su muñeca una pulsera de oro con esmeraldas. Se notaba palpable que la política no fregó mucho menaje de loza en su hogar cuando vivía. Y bailaba de maravilla. Y soportaba mis pisotones en sus zapatos como si no sintiese que la pisaba con mis pies provistos con el calzado de fiesta que llevaba muy bien lustrado.

 

Como la política no hablaba porque estaba muerta, yo mantenía una conversación con ella en la que hablaba por ella y por mí. Era tan divertido hablar por los dos. Era delirante. Casi cómico. Y así, yo no tenía ninguna respuesta por parte de ella, ninguna, que a mí me pudiese incomodar o enfadar. Le preguntaba, si estaba óptima bien muerta y si vivía confortable sin preocupaciones mundanas. Y yo mismo respondía por ella que estar muerta era pavoroso, pero sin disgustos ni situaciones anómalas.

 

Y bebí mucho y tomé muchos canapés. Y porque también me bebí las copas y me comí los canapés de la política muerta. Ella no necesita emborracharse ni comer. Estaba a reventar. Todos los vivos que habíamos sido invitados al baile, caballeros y damas, estábamos beodos y ahítos de comida. Y no noté el cambio de pareja que se produjo mientras bailaba, ahora con una rubia fantástica que yo creía también muerta. Y a la que le pregunté: ¿Nos vamos a la cama? Y ella, me abofeteó solemne.

Relatos Iconoclastas (Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen) (3)

Lunes, 16-enero-2012

Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen

 

3

 

Soy republicano. Un republicano convencido porque las repúblicas son mucho más coquetas que las monarquías. Las repúblicas son como las chicas jóvenes que enseñan las piernas con sus minifaldas escuetas de colegiala. Las repúblicas se maquillan la cara con un maquillaje ligero y se pintan los labios de un rojo carmín. Y desde luego, las repúblicas son asequibles y suficientemente mucho más pacíficas que las dictaduras. Una república ama en camas diversas. Y las monarquías son virginales de puertas afuera. Yo nací republicano, y a pesar de que mis padres eran monárquicos recalcitrantes.

 

Vivir en una república conlleva muchas más variadas ventajas que vivir en una monarquía, y ya que se conocen más Jefes del Estado. Y se ama a Francia como la creadora de un estado moderno que fue capaz de cortar cabezas reales con guillotinas que rebanaron los cuellos como si éstos fuesen de una mantequilla absolutista. Y las emociones políticas en una república, son fantasiosas y alegres.

 

Cuando yo nací en mi país existía un dictador, militar al uso, que desayunaba con la lectura de las novelas pésimamente malas que él mismo escribía, y para mayor honra de su incultura novelística y de su prosa cuartelera. Este dictador, autodidacta también de guiones cinematográficos, fue cazador de cachalotes y pescador de perdices al voleo. Y su mayor pasión fue fusilar a republicanos que solo habían cometido el delito de ser demócratas. A mí no me fusiló, porque era niño único republicano.

 

Y moriré republicano. Espero que no añorando otra república en mi país. Soy fácil con las noveles repúblicas que se desnudan y enseñan pechos redondos y glúteos monumentales como los de las damas romanas plasmadas en estatuas bellísimas que se esculpieron antes de que llegasen a Roma los emperadores corruptos, depravados y decadentes que fueron capaces de acabar con Roma y su cultura. Morir republicano es no morir. Es vivir investigando terco que normalmente se muere por aburrimiento. Que morimos porque el tedio es la vida provecta que se enamora de una chica joven.

Relatos Iconoclastas (Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen) (2)

Viernes, 13-enero-2012

Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen

 

2

 

 

Mi mujer me engaña. Seguro. No se pueden dar tantos alaridos cuando tiene un orgasmo. Estoy con la mosca detrás de la oreja. Finge que tiene los orgasmos. Me la pega con otro tipo. Con un tipo que da menos alaridos y tiene más orgasmo. Y los saltos que da en la cama no son normales. Parece una contorsionista en la pista de un circo. Da unos alaridos que tiene asustada a la vecindad. En un día de estos se presenta la policía para detenerme porque cree que le estoy zurrando en vez de follando.

 

A los niños los tiene aterrorizados. Las criaturas también pensaban que yo le pegaba en la cama. Y mi hija menor, un día me preguntó que si le pegaba a su madre porque se orinaba en la cama. Los niños más mayores miran al techo sonriendo con complicidad, y cuando mi hija menor pregunta por los ruidos de la alcoba y por los estruendos de los alaridos. No se pueden dar alaridos por un simple orgasmo. Se dan bellísimos suspiros. Se agita la respiración. Se besa con pasión. Y se suda bastante.

 

La otra noche, la noche del día en la que mis hijos fueron a dormir a casa de sus abuelos porque era el cumpleaños de la abuela, definitivamente tuve la plena confirmación de que mi mujer me engaña con otro. Comenzaron sus alaridos nada más que al empezar a besarla y a tocarle los pechos. Eran los alaridos tan intensos, que el vecino del piso de abajo llamó a la puerta y me amenazó con llamar a la policía. Tu mujer te engaña y finge los orgasmos. Y lo hace para que tú creas que te es muy fiel.

 

La miré fijamente, y le dije que por qué fingía y daba esos alaridos cuando follábamos. Que no era normal dar alaridos nada más sentir que la tocaba y la besaba. Y que las contorsiones tampoco eran normales la tener un orgasmo. Ella lloraba. Gemía como un perra apaleada. Yo le rogué que no lo hiciera. Que solo le estaba preguntando. Y ella me contestó que la mayoría de las veces disimulaba los orgasmos para que no la abandonase por otra. Que ella me quería. Que yo era su único hombre.

Relatos iconoclastas (Asesinarse a sí mismo sin que parezca un crimen) (1)

Lunes, 9-enero-2012

Asesinarse a sí mismo sin que perezca un crimen

 

1

 

Miré la caja con recelo desde el primer momento en que la observé junto a la chimenea. Era rara. No me gustó nada el papel del envoltorio ni el lazo con el que venía primorosamente atada la caja. El papel era morado intenso. Y el lazo de plástico ocre. La caja era grande y sobresalía sobre todos los demás regalos que habían traído los Reyes Magos. Y también llevaba la caja un sobre pequeño de los que son para meter dentro una tarjeta. Y en el sobre se leía bien: Para papá, del Rey Baltasar.

 

Los niños ya estaban abriendo las cajas de sus regalos. Una bicicleta no venía envuelta, y Francisco ya estaba subido en ella. María, con cara de felicidad infinita, abría la caja con una muñeca adentro que hablaba. Luisa sonreía y ojeaba atenta los libros infantiles. Y Carmen también sonreía de oreja a oreja porque su muñeca estaba vestida de princesa oriental. Eran las ocho horas de la mañana, y la nieve muy alba cubría todo el jardín que se observaba desde el amplío ventanal del salón de la casa.

 

Yo seguía mirando con mucho recelo la caja, y los niños me decían que cuándo la iba a abrir. Yo le daba largas al asunto. No me convencía, nada de nada, la caja de mi regalo. Papá que no lleva una bomba dentro, me decían al unísono mis hijos. Pero yo recelaba. Es más, me pereció que la caja se movió porque noté que se había movido lo que estaba dentro. Vamos abre la caja ya, insistían los niños. El frío era notorio a pesar de la calefacción a tope y de que estaba la chimenea encendida.

 

Ya la abro, ya la abro, les dije. Y comencé a desatar la cinta de plástico ocre. Aunque los niños me dijeron que primero era leer lo que había dentro del sobre pequeño. Ahora lo leo, les volví a decir, y después de que desate la cinta. Una cinta que se resistía mucho porque seguramente yo también estaba nervioso. Pedí un cuchillo, me lo trajo María, y corté la endiablada cinta. Rasgué el papel y abrí la caja. ¡Sorpresa! Allí reían mis ex esposas casi muertas de risa. Yo llevaba tiempo divorciado.